Clasificación de las artes mánticas

Tarot Consuelo

Más clara y completa que otras que pueden consultarse, la clasificación de Le Scouézec abarca el espectro que va de la profecía -en el plano más puro y elemental de lo adivinatorio,- hasta la superstición mecanicista, y es aproximadamente la siguiente:

El profetismo.

Adivinación por intuición pura en estado de vigilia. Es la adivinación más natural, intuitiva e interna. Se la considera generalmente como resultado de la posesión por (o de la inspiración de) un dios, o de Dios en las religiones monoteístas.

2.º La videncia alucinatoria.

Forma de adivinación intuitiva que se produce en un estado especial, alucinatorio o hipnótico, que puede ser obtenido de diversas maneras:

  • Adivinación en estado de trance:
    • por ingestión, inspiración o inyección de un producto alucinógeno (Farmacomancia);
    • por entrada en estados catalépticos, hipnóticos o agónicos (Antropomancia);
    • por cataptromancia (adivinación por la mirada) o procedimientos análogos (hidromancia, cristalomancia).
  • Adivinación en estado de sueño: oniromancia espontánea.
  • La adivinación matemática.
    Es la que se realiza a partir de abstracciones muy elaboradas, y permite ejercer la intuición mantica en todo su esplendor.
    • astrología y derivados;
    • geomancia, y sus numerosas variantes africanas;
    • aritmomancia (en su forma más elevada: la Cábala);
    • aquileomaneia (adivinación por varillas originada en el Che Pou chino; en su forma más perfeccionada: el l Ching).
  • La mántica de observación:
    • estados, comportamientos o actos instintivos de seres animados, ya sean hombres (paleontomancia), animales (zoomancia) o plantas (Botanomancia);
    • estados y comportamientos de seres o materias inanimados, comprende la aruspiciencia, la radiestesia, y otras.
  • Los sistemas abacománticos.
    Son todos aquellos que se manejan exclusivamente con tablas u oráculos, producidos por la degeneración de las grandes disciplinas mánticas: las «claves de los sueños», libros de horóscopos, interpretaciones mecánicas de los naipes, etc., sistemas todos en los que la intuición y lo imaginario no desempeñan ya ningún papel.

Puede observarse que la cartomancia -y en su versión más especializada, el Tarot- no figura en este cuadro clasificatorio, y la omisión no parece casual. Aunque de una manera general podría incluírsela en el parágrafo tercero. lo cierto es que su complejidad goza de un parentesco con casi todas las principales disciplinas. Probablemente se ha beneficiado de su relativa juventud -si se la compara con la aruspiciencia, la adivinación por los números, o los métodos orientales derivados del Che Pou- para convertirse en un arte colecticio y sugeridor, que toma tan pronto las especulaciones de la década pitagórica y los sephiroth hebreos (números), el simbolismo de los colores y del cuaternario (series), la iconografía medieval y la paleontomancia (figuras), como esa suma simbólico-mágica de varia lectura que son los Arcanos Mayores. Aún más, puede decirse que el Tarot ofrece, como ninguna otra mancia la «situación adivinatoria» en su mayor grado de complejidad y madurez, ya que se compone de:

  • El adivino en total libertad imaginativa para seleccionar uno entre los múltiples estímulos que le brinda la lectura;
  • El consultante, en disponibilidad para orientar sus preguntas según el desarrollo de esta lectura;
  • El intermediario (el mazo) con una capacidad de sugerencia prácticamente inagotable;
  • La sesión de lectura, singular e irrepetible como una partida de ajedrez, por el tejido espontáneo de las variables anteriores.

Finalmente, la falta de un código de referencia estable (tablas astrológicas, versículos, escalas confeccionadas previamente a la lectura), convierte al Tarot en un ejercicio intelectual de primer orden: no sólo porque requiere la mayor concentración del adivino ante la pluralidad de niveles que se ofrecen a la lectura, sino porque obliga a un diálogo inteligente, tenso, sutil, entre adivino y consultante, para cercar sin eufemismos la verdad que duerme en el fondo de las generalidades.

Los métodos de lectura

La enunciación del oráculo es, sin duda, el punto culminante de todo proceso mántico, ya que en ella se realiza la «situación adivinatoria», con la actuación simultánea de sus tres integrantes (adivino intermediario – consultante). Los especialistas recomiendan a los actores la mayor espontaneidad dentro de la precisión, para que el lance obtenga su máxima eficacia.

Así, las «obligaciones» del pacto adivinatorio, podrían resumirse para cada una de las partes, más o menos como sigue:

Para el adivino:

  • Antes de hablar, debe obtener una visión de conjunto de la mesa, en el sentido de haber observado las principales fuerzas en tensión: un punto de partida correcto, facilita el despliegue de la imaginación;
  • la lectura no es previa a su verbalización, sino simultánea con ésta. Aferrarse a uno sólo de los planos de significados que le ofrece la mesa, puede resultar fatal para el adivino, que perdería así su principal arma prospectiva: el asombro y la sorpresa ante lo que va leyendo;
  • nunca hay que forzar una lectura: es preferible una interpretación pobre a una interpretación deshonesta;
  • la función del oráculo es sugerir, no determinar. El adivino que transmite literalmente lo que cree percibir, lo ignora todo sobre la adivinación, ya que el manejo de un intermediario simbólico produce inevitablemente un lenguaje desverbalizado, en el que la riqueza de los contenidos sólo puede ser transmitida por alusiones (esta es la razón de la ambigüedad verbal de las palabras de encantamiento, los vaticinios y las profecías).

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