Las bases del Tarot

Tarot Consuelo

En los últimos veinte años ha surgido(o mejor dicho, ha resurgido, después de unos doscientos años) un frenesí insólito: la que podríamos llamar “tarotmanía”. Tarots en las revistas, en los quioscos de periódicos, en los estancos…

Definir esotéricamente los tarots no es ciertamente una tarea difícil: son cartas, cartas que llevan imágenes más o menos coloreadas, más o menos artísticas, transmitidas por la tradición o firmadas por buenos maestros del dibujo.

Un montón enorme de signos crípticos, diversamente asociados, suficientes para trazar, en sus líneas más esenciales y profundas la historia del mundo que es, en el fondo, la historia de cada hombre. Quizás es éste uno de los motivos, o tal vez el único, por el que los tarots, más allá de la habilidad del cartomántico, más allá de las probabilidades y de la casualidad funcionan. Hablan a través de símbolos muy íntimamente unidos a nosotros, infinitesimales fragmentos de la humanidad: los arquetipos, los grumos de energía en torno al que se construyen las creencias y la personalidad de cada uno, de la familia, de la tribu, del pueblo, de toda la raza.

La cartomancia es una forma de precognición, clarividencia y retrocognición, es decir, un sistema que a través de asociaciones simbólicas llega a revelar y definir el presente el pasado y el futuro del consultante.

Ningún otro elemento se encuentra confiado a las manos del adivino más que estas pocas cartas, un puñado de símbolos con los que él juega, en los que se pierde, en los que establece relaciones e interdependencias.

El mecanismo capaz de hacer aparecer esta capacidad, resulta en este procedimiento adivinatorio, muy complejo. Cierto es que el sensitivo se sirve como un apoyo, un bastón donde puede apoyarse para alcanzar el estado alfa, condición indispensable para que se haga extrínseco el “sexto sentido”.

Pero también es verdad que las conclusiones que obtiene son el fruto de imágenes precisas, razonadas, perfectamente calibradas en su arcano simbolismo, totalmente distintas a lo que puede ser visto en los sueños o en los posos del café. Imágenes que se encuentran en su totalidad, en una continuidad rigurosa y perfecta, así como las cosas, las personas, los animales y las plantas están ordenados en el cosmos como en un armonioso dibujo. De esta forma se teje el fenómeno de videncia sobre una trama de símbolos de arquetipos, estándares, relacionados con las cartas extraídas. Ni siquiera la extracción de las láminas tiene lugar de una forma casual. El consultante las elige debido a una misteriosa atracción, aunque le sean presentadas boca abajo, y a través de esta elección proporciona al adivino los rastros, los puntos clave sobre los que estalla la percepción extrasensorial, la precognición.

Dotadas de un profundo sentido sagrado, conferido por el simbolismo que las impregna, exigen de quien las maneje, seriedad, respeto y confianza. Los oráculos de todos los tiempos siempre han mentido a aquellos que no creen, a los que juegan o se burlan.

Las cartas del tarot se han de consultar serenamente, en un lugar tranquilo, en horas alejadas de las de la comida, después de haberse lavado las manos cuidadosamente, concentrándose profundamente en la pregunta que ha sido hecha. Hacerlo para los demás resulta, con toda seguridad, más fácil; hecha para uno mismo esta operación exige una gran objetividad y una acusada separación de lo que se ha vivido, que es accesible a muy pocas personas.

Veintidós láminas mayores – arcanos, triunfos o atouts – y cincuenta y seis menores, que en nada difieren de las de la vulgar baraja española, salvo la presencia de la reina, es decir, un figura más entre el caballo y el rey. Cartas de origen desconocido y ya por ello mítico, nacidas, tal vez, en Italia, en Venecia, quizás en Francia, España o Alemania.

Probablemente hijas, en lo que concierne a los arcanos mayores, de los naibi, imágenes didácticas destinadas a instruir a los niños respecto a las condiciones de la vida, las musas, las ciencias, las virtudes y los planetas.

Pero hay quien, como Court de Gobelin, ve en el Tarot un fragmento del gran libro de Toth, una misteriosa herencia de la sabiduría egipcia; y hay quien, como Eliphas Levi, las considera las ilustraciones del libro de Enoch, herederas del antiguo oráculo hebreo de Urim y Tummim, y las relaciona con los diez Sephirot y las veintidós letras del alfabeto hebreo. Quien, como Vaillant las define como la Biblia de los gitanos y les atribuye un origen bohemio.

Pero desde cualquier ángulo que se observe, el tarot aparece, antes que nada, como un alfabeto, como un lenguaje arcano, una totalidad condensada en pocas y preñadas imágenes. La totalidad del universo y del hado, la figura del arquetipo alcanza la sensibilidad del adivino y el corazón del consultante. Elementos paganos y cristianos, bíblicos y mitológicos.

Hermanas o primas, en lo que se refiere a los arcanos menores, de los dados y de las figuras del ajedrez (con números que van del 1 al 10, más figuras de la Sota, Caballo, Reina y Rey.)

Los arcanos mayores tienen diferente significado cada uno. En total son:

  • arcano número 1: El mago.
  • arcano número 2: La sacerdotisa.
  • arcano número 3: La emperatriz.
  • arcano número 4: El emperador.
  • arcano número 5: El sumo sacerdote.
  • arcano número 6: Los enamorados.
  • arcano número 7: El carro.
  • arcano número 8: La justicia.
  • arcano número 9: El ermitaño.
  • arcano número 10: La rueda de la fortuna.
  • arcano número 11: La fuerza.
  • arcano número 12: El ahorcado.
  • arcano número 13: La muerte.
  • arcano número 14: La templanza.
  • arcano número 15: El diablo.
  • arcano número 16: La torre.
  • arcano número 17: La estrella.
  • arcano número 18: La luna.
  • arcano número 19: El sol.
  • arcano número 20: El juicio.
  • arcano número 21: El mundo.
  • arcano número 0: El loco.

Los arcanos menores suman cincuenta y seis, subdivididos en cuatro palos, ya conocidos por su identidad con las corrientes cartas de la baraja española. Es decir: bastos, espadas, oros, copas. Cada palo tiene un significado, y dentro de el palo, los diferentes números, también tienen significado propio.

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